Los Cristianos ¿Entendemos el Mensaje del Evangelio?

¿O, debido a la experiencia de vivir ciertas circunstancias en nuestra vida, hay un antes y un después en nuestra manera de entenderlo? Debido a ello, a menudo sorprende la facilidad con que cambiamos. Me refiero a que cuando conocemos que alguien tiene problemas serios, bien sean personales o de su familia, rápidamente le juzgamos aplicándole versículos de la Biblia condenándole por ellos. Pero cuando esos mismos problemas recaen en nosotros o nuestra familia, creemos que los mismos textos ya no tienen la misma fuerza para condenar.

Y pronto encontramos razonamientos para que no digan lo mismo, acordándonos de que Dios es misericordioso, perdonador y amor. Olvidamos que todos somos pecadores, y si el pecado del otro es más manifiesto que él nuestro, no por eso nosotros somos santos. Pasamos por alto que juzgando al otro por su notorio pecado, nos convertimos en farsantes ocultando el nuestro.

Y a los farsantes juzgará el Señor. Hay cristianos que han juzgado a otros por su separación matrimonial, por su divorcio, por problemas de homosexualidad y por tantas otras cosas, con un total desconocimiento de sus circunstancias.

Y, si han tenido una posición de autoridad en la Iglesia, hasta han tratado de apartarlos por considerar que esos pecados no se podían tolerar. Pero, paradoja, cuando en su misma casa se han dado esos casos, entonces se ha aplicado tolerancia, comprensión y apoyo a quienes sufrían porque se ha comprendido que quienes pasan por esas circunstancias dolorosas sufren grandemente viviendo lo que no desean, lo que nunca Nº 543 – Página 2 hubieran escogido, pues todo el mundo quiere ser feliz. Y no hay que lapidar al que sufre.

Cuando los escribas y los fariseos en nombre de la Ley, quisieron apedrear a la mujer que supuestamente había adulterado, el Señor les frenó diciendo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Y los acusadores se fueron.

¿Somos peores que ellos? Dios que conoce el corazón humano y sus motivaciones, sabe que nosotros no tenemos conocimiento de lo que pasa por el corazón de otra persona, que no tenemos suficientes elementos de juicio y, por lo tanto, no podemos erigirnos en jueces para juzgarla porque, si lo hacemos, nos vamos a equivocar.

El mismo Señor Jesucristo nos manda en Lucas 6:37: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”. ¿Entendemos este mandamiento? Dos veces “no”. Ni juzgar, ni condenar. Tomemos estas palabras de Jesús muy en serio, de lo contrario estaremos atrayendo sobre nosotros lo que no deseamos.

Antes de usar la crítica y el juicio en base a un conocimiento y a una autoridad que no tenemos, usemos la comprensión, el perdón y el amor. En situaciones confusas, que no sepamos qué hacer, para no errar, usemos el amor practicando el cual nunca nos equivocaremos.

No esperemos a que traigan lluvia las circunstancias no deseadas y “llueva sobre nuestro tejado” para cambiar. Dejemos el juicio, la condena, lo que no nos compete. Hagamos lo que se nos manda. Apliquemos el amor. “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.

(Romanos 13:10). Jesús de Nazaret no pide que seamos jueces, ni nos ha hecho jueces. Nos pide que seamos perfectos y nos hace perfectos. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).

Obedezcámosle y glorifiquemos a Dios. Con temor reverente,

Facebook
Twitter
Email
WhatsApp